Sustituir los plásticos agravaría el cambio climático sin resolver el problema de las basuras marinas

Madrid
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La conciencia climática se ha convertido en un grito ensordecedor de la sociedad durante estos años. Acuerdo de París o transición energética son ya términos ineludibles del debate empresarial y social. Esta conciencia climática se ha contagiado a otros ámbitos. Un buen ejemplo de ello es la alarma mundial que el grave problema de los desechos marinos ha generado.

Este debate social y legislativo sobre dichas basuras, que aplaudimos fuertemente, se ha centrado en los últimos tiempos en sustituir el consumo de unos materiales, específicamente los plásticos, por otros. Sin embargo, no se ha abordado el problema desde la prevención y gestión de todos los residuos y su reciclaje a nivel mundial, tampoco su impacto en el cambio climático.

La solución parece ser la de cambiar lo que consumimos para que, cuando acabe en el mar, podamos tener la conciencia más tranquila. Cuando lo que acaba en el mar es una botella de vidrio, una lata, o una pajita de metal en lugar de sus versiones plásticas, materiales con una durabilidad en el medioambiente igual o mayor, la conciencia no puede tampoco estar tranquila.

Pero es que, además, abordar de esta forma incorrecta un problema de residuos puede llevarnos a un problema aún mayor de emisiones, todo ello sin acabar con las basuras marinas. Cada vez más expertos y ecologistas se preguntan sobre los resultados de las soluciones que vienen desarrollándose y dando la voz de alarma sobre el coste climático de algunas de ellas.

Si se sustituyeran todos los envases plásticos mundiales por otros materiales, suponiendo que se pudiese, emplearíamos el doble de energía, produciríamos el triple de emisiones de gases invernadero y consumiríamos casi cuatro veces más material para los mismos productos. Eso indican expertos en ciclo de vida de los productos como Bernd Brandt o la profesora de la Universidad de Manchester e Ingeniera Química Adisa Azapagic.

Recientemente, el Ministerio de Medio Ambiente de Dinamarca, en un estudio de 2018 sobre las bolsas de la compra, concluía que las alternativas a la bolsa de plástico tienen un impacto mucho mayor a nivel de emisiones o consumo de recursos (agua, tierra), incluso asumiendo que se reutilizaran decenas de veces.

Cuando uno compara físicamente un envase de plástico con uno de cualquier otro material, es fácil ver que el de plástico siempre es más ligero, lo que combina con una gran resistencia. Este menor peso significa menos consumo de material, energía y menos emisiones, tanto en producción, como en transporte y reciclaje.

Incluso Greenpeace critica ya en su último informe ‘Tirando el futuro’ la sustitución por papel que “las empresas publicitan […] como medidas positivas”, cuando según indica este informe en realidad este cambio supone un problema en referencia a la tala de árboles y las limitaciones de su reciclaje.

Expertos como Jose Ygnacio Pastor, profesor de ciencia de materiales de la Universidad Politécnica de Madrid (UPM), defienden que ningún envase “mejora la sostenibilidad y ciclo de vida de los de plástico”. No lo hace la lata, con un proceso de reciclado que requiere demasiada energía, o el vidrio, perfecto para ser reutilizado (aunque más frágil e inseguro), pero ineficiente en la fase de producción y transporte. Consume mucha energía, ya que se procesa a 1.500 grados frente a los 300 del plástico.

Igual ocurre con otras alternativas. ¿Tiene sentido cambiar una botella de plástico monomaterial por un envase, como es el brik, de tres materiales sólo por parecer de cartón, pero que incluye dentro aluminio y plástico? Esto produce más emisiones y complica mucho el reciclado.

Los plásticos nos han hecho vivir más y mejor. Sobre todo, son inigualables en su bajo coste en emisiones. Por esas razones se han vuelto omnipresentes. Pedir prohibir los plásticos en una manifestación por el clima es una contradicción en sí misma.

Hacen que los aviones y coches pesen y consuman menos, aíslan nuestras casas ahorrando energía y envuelven nuestros alimentos para retrasar durante semanas su deterioro y desperdicio, lo que ahorra incontables emisiones.

El plástico nos da infinitos avances y, por supuesto, es reciclable. No hay excusa para arrojarlo al medio: su residuo es un recurso. Una prohibición localizada, precisamente en los países que menos vierten al mar, o sustituirlo por alternativas peores no va a limpiar nuestros mares.

En cambio, sí nos privará de sus prestaciones únicas y agravará las emisiones. La alternativa es una estrategia global de gestión de residuos y reciclado y un debate científico, que aborde el problema de basuras sin desatender al del cambio climático.

*Ignacio Marco es Licenciado en Ciencias Químicas por la UAM y miembro de EsPlásticos

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